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 Hemos de puntualizar que el contenido de los siguientes ensayos no representan para nosotros ninguna base sólida que pueda sostener algún tipo de creencia,  pero aun teniendo en cuenta esto, hemos decidido exponerlos, con el fin de poder situarnos en otras perspectivas de comprensión, desde las que poder generar, tal vez, interesantes reflexiones.

 

Verbo, predicado y sujeto

 
Cuando se observa muy de cerca el movimiento
de la mente, éste puede parar de súbito.
Entonces uno es sólo Verbo.
 
                       
 
 
 
 
 



 

 

¿Cuánto dura nuestra relación con el concepto que tenemos del mundo

En los albores de la Humanidad, un concepto duraba siglos, incluso milenios. El Fuego, el Sol, la Caza. Así, con mayúsculas, pues la idea que se tenía de ellos permanecía estable durante mucho tiempo.

Pero a medida que avanzamos en la Historia, observamos que esa duración es progresivamente menor. Hasta llegar al día de hoy, en el que nuestras relaciones con los objetos, ideas y personas duran tan sólo unos años. Esto va a continuar en esa dirección, y voy a intentar explicar a qué se debe este fenómeno.

Si miramos cómo funciona la mente, comprobamos que se halla en un constante y frenético movimiento, que tiene dos direcciones. Por un lado, la mente se mueve hacia lo que le place, y por otro se aleja de lo que no le gusta. Si el Ser inmóvil y atemporal es el Verbo, el movimiento en el tiempo sería el predicado, con el que nos identificamos y al que por consiguiente convertimos en sujeto. Es así como se pasa de "Ser" a "ser esto", y finalmente a "yo soy esto".

Este es el gran juego del escondite de Dios, en el que el Verbo queda ocultado tras ese inmenso y continuo movimiento de la mente hacia el afuera. Ganar conciencia significa, entonces, des-engaño. El predicado se revela insuficiente, y el sujeto no puede identificarse con él, por lo que ha de cambiarlo por otro. Y constatamos que al principio, ya sea en la Historia o en nuestras vidas personales, la ignorancia es mayor, con lo que el predicado permanece inalterado durante mucho tiempo. No se percibe su falsedad. El sujeto cree que es la verdad, y por tanto se siente estable, y dura mucho tiempo. Por eso durante milenios los homínidos fueron homínidos, y durante siglos los artesanos medievales fueron artesanos medievales.

Por eso un niño es un niño durante un tiempo muy prolongado, en su particular percepción del tiempo. Pero esa situación va cambiando, y a medida que crecemos personal e históricamente, la velocidad del des-engaño es cada vez mayor, la conciencia se incrementa, la ignorancia se reduce, el predicado mengua cada vez más rápido, y el sujeto sufre transformaciones cada vez más aceleradas.

Entonces llegamos al estadio Nueva Era, en el que los objetos son sustituidos cada pocos años, las ideas sufren mutaciones cada decenio y las parejas se separan tras una corta convivencia. Y yo digo que esto se encuentra perfectamente alineado con el impulso trascendente de la conciencia. Es más, esto se va a ir acelerando más y más, y de hecho podemos experimentar esa progresiva reducción del predicado hasta límites extraordinarios si nos ponemos a meditar, es decir, si entrenamos nuestra conciencia para ir más allá del nivel promedio de la época en la que vivimos. Una visita al futuro que nos espera. Una visita a la muerte.

Porque se trata de morir, cada vez más rápido. El movimiento de la mente necesita cada vez menos mundo, menos cultura, menos predicado para caer en la cuenta de que no va a lograr nada. Y si uno se sienta y observa muy, muy de cerca a su propia mente en ese movimiento, verá que él mismo, el sujeto, es ese movimiento. Por tanto, si ese movimiento cesa, el sujeto muere. Y lo que queda es, de nuevo, sólo el Verbo. El sí-mismo. Dios ha sido encontrado, y el gran juego del escondite termina.

¡Cómo tardábamos en morir cuando éramos tribus nómadas, o sacerdotes en la edad media! ¡Cuánta estabilidad falsa, producto de una ignorancia que nos hacía persistir en la misma parcialidad durante siglos y siglos! Pero la muerte de nuestras creencias y de nuestras culturas finalmente sobreviene, y rápidamente las sustituimos por otras, que durarán un poco menos, porque somos un poco más sabios. Un poco más des-engañados.

Pero en todas las épocas han existido espíritus valientes, que se han atrevido a llevar este proceso de morir cada vez más acelerado hasta sus últimas consecuencias. Al principio usaron la ascesis. Con la pobreza exterior y el hambre, los movimientos de la mente de rechazo al dolor y de persecución del placer se ponen tan de manifiesto que no es posible disfrazarlos bajo capas de buenas intenciones. En esto fueron expertos muchos místicos. La vía del dolor extremo, la vía de dejar a la mente, al ego, en supina evidencia. ¡Qué extraordinarios fueron esos hombres y esas mujeres! Pero por cada uno que entendió la razón verdadera del camino ascético, fueron miles los que se extraviaron hacia la mera mortificación, una forma solapada de aumentar el propio ego.

Hoy podemos efectuar el mismo experimento, de una forma todavía más sutil y efectiva, a través de lo que señalan los maestros del Advaita Vedanta. Recordar constantemente el "Yo soy". Desechar el "yo soy esto". Recordar a Dios. Desechar Su escondite, el movimiento de nuestra mente hacia esto o lo otro.

Tenemos un bagaje de experiencias pasadas. Esos ascetas hicieron un trabajo fenomenal, que ha quedado impreso en alguna parte. Por eso hoy un joven puede estar sólo unos años ayunando, para darse cuenta rápidamente de que no se trata del ayuno, sino de lo que el ayuno revela, Y que lo que el ayuno revela se puede contemplar en la vida diaria, comiendo y vistiendo de una forma completamente normal. A esto se le llama práctica espiritual moderna. Pero, nuevamente, por cada uno que comprende lo que significa la verdadera meditación, son miles los que convierten la práctica espiritual en otro movimiento de la mente. Aumentan el movimiento. Incrementan el ego.

Cada movimiento de nuestra mente hacia el placer es llamado amor, y cada movimiento huyendo de lo que molesta es llamado odio. A todo el movimiento en su conjunto podemos llamarlo miedo. Pero cada pequeño odio y cada pequeño amor han de morir si queremos transformarnos en el verdadero Amor. De hecho, no hay transformación ninguna, pues el Verbo, que es Amor, siempre estuvo ahí. Sólo que su extraordinaria energía se perdía en ese movimiento constante hacia el afuera. Del amor al Amor sólo hay un paso, pero cuánto nos cuesta desandar todo lo que hemos transitado en nuestro viaje de huida hacia la nada, para poder dar ese único paso. Nos hemos perdido en el derroche de esa preciosa energía, expandida y derramada hacia creencias, amores, odios, luchas, trabajos, rituales. ¡Y sólo se trata de ver que nada de eso conduce a le felicidad que tanto anhelamos!

Pero esto no funciona a través de la voluntad, sino mediante el desgaste, el des-engaño, la muerte. Cuando comprobamos, una y otra vez, que nada, pero nada, nos lleva a esa paz, algo se va rompiendo muy dentro. La muerte es el camino hacia el Amor. No hay otro camino. El Amor siempre estuvo ahí, incólume y perfecto. Y cuando nos damos cuenta de que los innumerables brazos que buscan aquí y allá van agotando sus fuerzas, es entonces cuando cobramos conciencia de que no somos esos brazos, no somos ese movimiento de la mente, sino que somos la Fuente. Somos Amor. Siempre hemos sido Amor.

La búsqueda sólo concluye cuando estamos muy quietos, mirando ese movimiento desde muy cerca. Es algo tan prodigioso. Tan automático. Pero tan pequeño, cada vez más pequeño. Cada siglo y cada año más diminuto. Hasta que lo tenemos ahí, delante de nosotros, y de repente vemos que no somos eso. Entonces la mente se para. Si ya no eres eso, no hace falta ese movimiento. Y es entonces cuando sucede el milagro. La energía que antes se derrochaba hacia el afuera se acumula dentro, y explota y florece en ese Amor. Por eso se pueden producir curaciones, por eso el cuerpo puede presentar eso que se llaman "poderes espirituales" pero que no son más que manifestaciones de esa tremenda energía divina, que quema el cuerpo por dentro. Por eso los átomos comienzan a bailar. La Conciencia es consciente de si misma. El espejo se enfrenta a sí mismo, y aparece el infinito.

¡Cuánto hay que errar para comprender algo tan simple! ¡Cuanta energía derrochada en grandes emprendimientos, grandes amores, grandes luchas, para ver que sólo hacía falta morir a ese movimiento tan sencillo del ego! El mal llamado camino espiritual es sólo eso, un error detrás de otro, hasta comprender que siempre fuimos Amor. -

 

Gunther Emde

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